viernes, 22 de febrero de 2013

Dos Palabras


Dos palabras. Hay dos palabras que pesan en el alma más que ninguna otra. A veces se prostituyen muy rápido, a veces las sentimos y no somos capaces de ponerle nombre y de evocarlas, otras veces da miedo decirlas y que te las digan, en ocasiones solo quieres escuchar eso de una persona y toda tu vida no tiene sentido si no las escuchas, y si nunca te las han dicho es que tu vida es infinitamente triste.
Sé que pesan porque hay ocasiones en las que te las tienes que guardar y no poder decirlas, y entonces te das cuenta de que son una carga demasiado grande para llevarla encima.
Sé que pesan porque un día te das cuenta de que son la razón por la que has hecho tantas tonterías, la razón por la que has aguantado tantas cosas, la razón por la que sigues insistiendo en remar hacia dónde ni tu sabes que hay, la razón por la que tu y el techo lucháis en un pulso interminable tantas noches, la razón de que estés preocupado y realmente preocupado por problemas que no son tuyos. La razón por la que quieres que esos problemas sean también tuyos.
Sé que pesan porque son la única cosa que me hacen mirar hacia el futuro y querer llegar él.
Porque hoy me he dado cuenta de que esas dos palabras hoy significan lo que han significado con muy poca gente.

Te quiero...


miércoles, 13 de febrero de 2013

Refranes y frases hechas


Es curioso como los refranes, las frases hechas o incluso los topicazos de las pelis, canciones y poesías, a medida que vas viviendo situaciones en tu vida toman muchísimo más sentido. Últimamente me ocurre mucho, escucho canciones y pienso “Que cabrón, parece que la ha escrito como si hablase de mi.” O como el último post que he publicado, la tontería esa de la cama enorme... ¡ojalá fuese una tontería! He de confesar que para no dormir solo en una cama tan grande, la guitarra me acompaña por las noches ocupando el hueco que queda vacío.
Sin duda de todo se aprende, y no solo eso, si no que es necesario aprender. Yo estoy aprendiendo a conocerme a mi mismo. Hay tantas cosas que no conocía d mi, o que incluso se han forjado ahora. Para un futuro debo andar con más cuidado en cuanto a mis anhelos y prioridades en la vida. Sin embargo esto me da miedo. Sé que por como soy me como las hostias dobladas, y sufro un montón, y que la solución que toma mucha gente que conozco es “una y no más Santo Tomás” y coraza al canto. Pero también gracias a como soy tengo claro que la vida, cuando las cosas van bien, las vivo mucho más intensamente que otros que llevan armaduras (a veces oxidadas), sin embargo los hachazos me dejan tan planchado.

¿Sabéis de lo que hablo? ¿Qué pensáis vosotros sobre las corazas?

Si es que "El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra" ¿No?
Un poema cualquiera. (Extraido del blog de una chica cualquiera, hoy lo he encontrado por casualidad y me ha dado un buen mazazo.)


la mañana huele a aire
y tostadas recién hechas
en mi almohada
no queda nada
de tu olor
la tempestad arrancó las raíces
de aquellas risas, de aquella calma,
de aquellas noches bajo un cielo
de ciudad
buscaste mi nombre
en cada rincón 
de tu piel dormida
buscaste mi alma
la brisa de los besos torpes
refrescó nuestro amor de paso
los zapatos quedaron sucios
de tanto barro
las miradas quedaron huecas
de tanto miedo
la memoria sostiene exhausta
todavía algunas notas
de tu voz casi temblando
con aquella canción
no estás en las fotos de la pared
y en mi almohada
no queda nada
de tu olor
podría romper a llorar
cada noche
cada mañana
y una mañana cualquiera
despertar en mi cama
medio vacía
silenciosa fría
y recordarle a mi voz embustera
que no queda nada de ti
ni de tu ausencia
te fuiste con tus secretos
y el deseo 
de volver a empezar
una mañana cualquiera
de tu olor 
no habrá quedado 
nada
y preguntarás, como siempre,
cuál fue, entonces, 
tu lugar
***

viernes, 11 de enero de 2013

El placer de equivocarse


Dormir no demasiadas horas, conducir muchos kilómetros y acabar de terminar de ver una película violenta donde sale sangre sin parar deja el cerebro en un estado curioso, entre abatido y cansado y herviente y ocurrente como nunca. Al menos una reflexión digna de acabar aquí escrita se ha pasado por mi cabeza, veremos si soy capaz de plasmarla.

El dulce placer de equivocarse, y de hacerlo conscientemente. Ese es el tema. A pesar de saber que no es como debe ser, y que la voluntad recta que se supone que todos debemos luchar para alcanzar y gobernar nuestra vida, a veces, y en ocasiones muy a menudo, es expulsada y castigada por mi capacidad de tomar decisiones de un modo muy... (¿peculiar, tonto, inmaduro, pasota, ingenuo, iconoclasta? Se pueden rellenar los puntos con el adjetivo que queráis, yo aún no he descubierto cuál es), a pesar de todo ello, sigo haciendo cosas que a la larga se que me van a hacer daño.

Una voz resuena en mi cabeza, la de todos mis amigos y las personas con las que hablo de mis problemas, la de la gente que me quiere, me repite una y otra vez: No te rasques las heridas, ahora te alivia pero dentro de unos minutos sangrará y arderá. Acuéstate ya, no es necesario que acabes la noche siendo el último en irte a dormir, mañana será un día de mierda si no lo haces. No hables con ella y no te ilusiones, te volverá a hacer daño. No pierdas tiempo en el trabajo luego necesitarás días para acabar lo que no hiciste. No te compres otro instrumento, al final de mes no te llegará la pasta y te quedarás sin hacer muchos planes que te apetecen. Cepíllate los dientes ahora aunque no te apetezca, no te hagas otro piercing, ni se te ocurra tatuarte, bebe agua, lee más, no pases de 120 km/h, no fumes, con las cervezas que llevas ya basta y pon la maldita espalda derecha o nunca más podrás ir erguido otra vez...

Sé que tienen razón, sé que cada vez que me salto mis propias normas asumidas acabo mal, y últimamente ese acabo mal significa acabo en un lugar del que no se salir. Sin embargo es delicioso salirse de la pauta. Hasta de las que yo mismo me he marcado, por un momento me invade un sentimiento de independencia, de hacer lo que hago por que yo quiero y no por que sea lo que debo hacer, y me imagino llegando hasta límites que de otra manera jamás sobrepasaría, disfruto de la sensación de apertura y de lanzarme al vacío, a lo que me apetece ser en ese momento aunque yo no lo sea (o quizá si) y sentir que todavía estoy vivo y no estoy dentro del redil...

Entonces la tormenta pasa, el placer de lo inconsciente se acaba y me siento muy perdido, estoy en el redil como todos los demás, pero siendo consciente de que no quiero estar dentro y de que llevando mi vida a pequeños desastres estoy conviertiéndola en un desastre mayor y sigo pasando por el aro, pero con cicatrices que me hacen más difícil sobrellevar el día a día pautado y diseñado para mi por otros.

Algunos amigos dicen en broma que estoy viviendo mi tercera adolescencia (la gracia está en que nadie sabe cuál es la segunda). Pero no deben andar tan desencaminados, pues de alguna manera no paro de probarme y tentarme con el fin de saber donde estoy, quien soy y sobre todo, qué busco y dónde lo busco. No se si esto es normal a mi edad, o a cualquier otra. No se si mi infelicidad general es causa de mis felicidades pasajeras y mi incapacidad para lidiar con mi vida y tratar los que ven en mi un capricho sin salir dolido es una consecuencia más de mis locuras. No se a veces ni qué es lo que siento.

¿Vosotros también hacéis locuras? ¿Os equivocáis a posta incluso sabiendo que estáis metiendo la pata hasta el fondo?

Me considero una persona inteligente, pero creo que mi jefe diría que este un claro ejemplo del fracaso de la inteligencia, como un superdotado que desperdicia su talento en trapichear en el barrio en vez de estudiar. Y lo peor de todo es que cuando otras veces me ha ocurrido esto he sabido como gestionarme y alcanzar las metas que me había propuesto sin dejarme demasiado por el camino, pero hoy por hoy me da igual, porque no tengo ninguna meta dibujada y me apetece disfrutar de la carrera, aunque parece que de momento vaya perdiendo.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Dejar de ser hombre



Cortopego un fragmento de "Si esto es un hombre" de Primo Levi, uno de los supervivientes al exterminio nazi que después escribió como testigo de lo ocurrido tres obras que me parecen de obligada lectura.

"La confusión de las lenguas es un componente fundamental del modo de vivir aquí abajo; se está rodeado de una perpetua Babel en la que todos gritan órdenes y amenazas en lenguas que nunca se han oído, y ¡ay de quien no las coge al vuelo! Aquí nadie tiene tiempo, nadie tiene paciencia, nadie te escucha; los que hemos llegado últimos nos reunimos instintivamente en los rincones, contra las paredes, para sentirnos con la espalda materialmente resguardada.

En este lugar, lavarse todos los días en el agua turbia del inmundo lavabo es prácticamente inútil a fines de limpieza y de salud; pero es impor-tantísimo como síntoma de un resto de vitalidad, y necesario como ins-trumento de supervivencia moral.

Tengo que confesarlo: después de una única semana en prisión noto que el instinto de la limpieza ha desaparecido en mí. Voy dando vueltas bamboleándome por los lavabos y aquí está Steinlauf, mi amigo de casi cincuenta años, a torso desnudo, restregándose el cuello y la espalda con escaso fruto (no tiene jabón) pero con extrema energía. Steinlauf me ve y me saluda, y sin ambages me pregunta con severidad por qué no me lavo. ¿Por qué voy a lavarme? ¿Voy a estar mejor de lo que estoy? ¿Voy a gustarle más a alguien? ¿Voy a vivir un día, una hora más? Incluso viviré menos, porque lavarse es un trabajo, un desperdicio de energía y calor. ¿No sabe Steinlauf que después de media hora cargando sacos de carbón habrá desaparecido cualquier diferencia entre él y yo? Vamos a morir todos, estamos a punto de morir: si me sobran diez minutos entre diana y el trabajo quiero dedicarlos a otra cosa, a encerrarme en mí mismo, a echar cuentas o tal vez a mirar el reloj y a pensar que puede que lo esté viendo por última vez; o también a dejarme vivir, a darme el lujo de un ocio minúsculo.

Pero Steinlauf me hace callar. Ha terminado de lavarse, ahora se está secando y sin interrumpir la operación me da una lección en toda regla.

Precisamente porque el Lager es una gran máquina para convertirnos en animales, nosotros no debemos convertirnos en animales; que aun en este sitio se puede sobrevivir, y por ello se debe querer sobrevivir, para contarlo, para dar testimonio; y que para vivir es importante esforzarse por salvar al menos el esqueleto, la armazón, la forma de la civilización. Que somos esclavos, sin ningún derecho, expuestos a cualquier ataque, abocados a una muerte segura, pero que nos ha quedado una facultad y debemos defenderla con todo nuestro rigor porque es la última: la facultad de negar nuestro consentimiento. Debemos, por consiguiente, lavarnos la cara sin jabón, en el agua sucia, y secarnos con la chaqueta. Debemos dar betún a los zapatos no porque lo diga el reglamento sino por dignidad y por limpieza. Debemos andar derechos, sin arrastrar los zuecos, no ya en acatamiento de la disciplina prusiana sino para seguir vivos, para no empezar a morir"

Dos detalles. En la cárcel de Valdemoro los presos también apoyaban su espalda a la pared y se movían cerca de ella habitualmente.
El segundo un poco más reflexivo. Lo que nos hace ser humanos es nuestra dignidad, cuando te la arrebatan, lo humano es luchar por defenderla, bien lavándote con agua sucia y echando betún en tus zapatos porque no puedes hacer más lucha que esa. O bien saliendo a las calles o utilizando una de las miles alternativas que tu inteligencia todavía te permite, por lo menos hasta que no sea demasiado tarde.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Lo importante


Observar la linea de flotación de una barca de madera, pequeña y ya despintada, mientras las olas del mar la mecen hipnóticamente arriba y abajo y te envuelve un olor a sal, yodo, peces y veinte mil leguas de viaje submarino transportadas por el viento en una sola bocanada y el sol de verano calienta tu espalda a la vez que escuchas como rompen las olas lejos, detrás de ti.

Dormir bajo las estrellas, sin frío, notando la hierba fresca de algún prado del norte de España y poniendo mucha atención en escuchar el sonido de la inmensidad del universo mientras gira y por tu cabeza pasan los recuerdos de haber cantado alrededor del fuego hasta no poder más con las personas a las que más quieres en el mundo. Y en efecto, a tu lado la persona a la que más quieres girada hacia ti.

Notar como el viento helado te agita sin compasión mientras tus manos palpitan en una mezcla de dolor, frío y gusto por la recuperación del descanso al meterlas en los guantes otra vez. A la vez tus ojos contemplan el pequeño punto en el mapa desde el que partiste, la altura que has ascendido y el bello y feroz mar de hielo y rocas que superan a las nubes en altura contra el que te has batido y se ha dejado ganar. Sentirte muy pequeño y muy tenaz.

Un orgasmo.

Acompasar los dedos, las cuerdas que aprietas y frotas o golpeas, pensar en el sonido que tiene que venir después y hacer que suene exactamente como en aquel disco, elevar la voz y cantar alto mientras te sorprendes de las excepcionales veces en las que cantas afinado y te sale buena voz, y dejarse arrastrar por las melodías y los sonidos armónicos que golpean a tu cerebro cambiando el estado de ánimo con la tranquilidad de que tienes horas y soledad para seguir así cuanto quieras, tocando nada en concreto.

Ver-te sonreir-me. Ir notando que en el juego del cortejo, a pesar de mi torpeza en este aspecto, estoy ganando la partida y que me devuelves y me ofreces las ocasiones. Rozarte, cruzar miradas, darte un abrazo y oler a ti durante el resto del día, y los sublimes 5 segundos antes del primer beso mientras los dos nos miramos los labios.

Mirar el reloj y pensar que es una broma y que alguien ha tenido que mover las manecillas mientras teníamos esa conversación en aquel banco y pensar que aunque la bronca de nuestros padres va a ser monumental, será más placentera porque va a ser compartida en dos casas diferentes y por la tarde volveremos a hablar del mundo y a planear una nueva putada para el portero de nuestro edificio.

Mirar el fuego ardiendo y bailando, tener la espalda fría por el viento que entra entre los tablones y las rendijas de ese refugio de montaña y la cara hirviendo por lo cerca que nos hemos puesto de la hoguera. Empezar a cantar, 40 o 50 personas mirando al mismo punto y sentir que ese momento es vuestro y que nadie más en el mundo puede comprenderlo.

Coger la mano de un paciente, hacer que las sensaciones traspasen el guante de nitrilo, calmarle, establecer una relación íntima y fugaz durante a penas 40 minutos o una hora. Tener la certeza de haber ayudado a alguien e incluso de haberle salvado la vida y recibir en el momento de la despedida un sincero y a los ojos “Gracias”.

Darte cuenta de que se ha hecho de día y que todavía quieres seguir leyendo.
Flotar boca arriba en el agua.
Saltar desde un puente hasta un río.
Acariciar a un animal.
Hacer rappell.
Despertarte solo sin que nada ni nadie lo haga.
Ganar un combate.
Que me digas que me quieres.


Y que en todos esos momentos no te importe nada más en el mundo.

lunes, 26 de noviembre de 2012

El Rastro


Muchas calles del centro de Madrid tienen nombres de profesiones y de oficios medievales. Como la calle Libreros o Esparteros . En estas calles se agrupaban los trabajadores de un determinado oficio y solían montar sus talleres y negocios en la misma zona. En la zona del Rastro se encuentran nombres de varias calles relacionados con el oficio de curtidor: El Carnero, Cabestreros, o la famosa Ribera de Curtidores.
Hacia 1599 Felipe II había prohibido la venta ambulante en Madrid, de buhoneros y barateros que se dedicaban a vender ropa usada y objetos antiguos. La razón fue que iban normalmente a colocarse en la Plaza mayor o en la Puerta del Sol. Parece ser que a nuestros gobernantes desde siempre les ha sentado mal que cualquiera se asiente por allí. Además la población de Madrid por aquellos entonces crecía exponencialmente y los espacios se quedaban pequeños.
Unos doscientos años más tarde, volviendo al barrio de Lavapiés, donde trabajaban los curtidores, las pequeñas industrias de cuero fueron atrayendo a otros curtidores, sastres, zapateros, pastores, que podían conseguir objetos que les eran necesarios. Y en los alrededores también existía una fábrica de salitre y otra de tabaco, a demás del Mercado de la Cebada que posteriormente se construiría en el mismo barrio, que sería el mercado cerrado de mayor volumen de la ciudad. Vamos que teniendo en cuenta que la venta ambulante estaba prohibida, el barrio se había convertido poco a poco en ese lugar en el que sabías que podías encontrar con toda seguridad tal o cual objeto pues allí se frecuentaba su venta, y con suerte a precio de ganga.
Como era lógico alrededor de los talleres de cuero, había mataderos de animales, sin embargo el más grande e importante se encontraba cerca del río Manzanares, más concretamente en lo que hoy es Legazpi. Desde allí arrastraban las reses muertas hasta la calle Ribera de curtidores, que por si no lo habéis caminado nunca es cuesta arriba, dejando por el camino un reguero de sangre.
Por tanto era frecuente escuchar a pastores que no vivían en Madrid o a algún comprador de objetos de sastrería o de trabajo del cuero en busca de alguna preguntar por un lugar donde comprar y escuchar la respuesta que le dio nombre al mercadillo más famoso de Madrid. “Si, si, siga el Rastro”